Adopción y parejas del mismo sexo IV: Qué debe hacer una familia

Es una obviedad que, independientemente de cómo esté constituida, alguien tiene que cumplir el papel de formar a las niñas y los niños. Mediante la formación, una sociedad asegura su continuidad y a la vez se proyecta en el tiempo. Es el nacimiento de nuevos seres humanos lo que permite la generación de nuevas visiones de mundo, que a su vez fructifican en cambios sociales. Muy probablemente todos están de acuerdo en que las familias tienen que cumplir este papel formativo (aunque no sea la única institución que adopte ese rol), pero difícilmente hay consenso acerca de cómo debe cumplirlo, cómo debe ser la formación, para qué buscamos que la sociedad se perpetúe.

Para colmo de males, no reflexionar sobre esta obviedad nos lleva a mantenernos ignorantes de otras cuestiones no tan obvias, pero igualmente claves. Por ejemplo, generalmente se asume que los padres son los que forman a los hijos, esto parece fuera de cuestión. Sin embargo, esto supone que los padres por lo general no tienen nada que aprender de sus hijos, y éstos nada que enseñarle a aquéllos. ¿Pero en realidad es así? ¿Acaso no se comienza la paternidad en una tremenda ignorancia de cómo proceder? ¿Y no son los hijos mismos el factor central a tener en cuenta para aprender (esto especialmente teniendo en cuenta que cada niña y niño es diferente, y que esto incide en su formación, por lo cual cada caso se deberá tratar distinto en el detalle)? No podemos ignorar más que los padres también necesitan aprender de sus hijos. No solo a ser padres, sino a ser viejos en un mundo al que ya no es tan fácil adaptarse, que es más de su progenie que de ellos.

Esto me lleva rápidamente a otro tema: abundan hoy en día los “expertos” que patronalmente dictan qué debe hacerse y qué no debe hacerse a la hora de educar. Abundan las fórmulas, las reglas generales, los consejos, todos dirigidos a ser aplicados a los niños y niñas. Pero todos aplicados a ellas y ellos como si fueran cosas, simples objetos receptores. En ese sentido los tratamos como muebles de la casa.

Así que debemos volver sobre un hecho: cada niño, cada niña es diferente. Tiene talentos, sentimientos, predisposiciones diferentes. Tan notables son las diferencias de carácter que para el buen observador aparecen incluso cuando llevan apenas unos escasos meses de nacidos. Lo menos que puede esperarse entonces es que seamos sensibles a la particularidad de cada infante y la tengamos en cuenta.

A no ser que creamos que cada niño debe ser reprimido para que se adapte a un esquema general, dependiente de las expectativas que tenemos de él. Si es niño, esperaremos que sea de cierta manera; si es niña, de otra (este es el ejemplo paradigmático, pero no el único). Pero las consecuencias de este tipo de enfoque no podrían ser menos que desastrosas. Como Alice Miller logra evidenciar muy bien, la represión solo se logra con violencia, y la violencia ejercida sobre el niño queda guardada bajo la forma de un rencor que lo torturará y lo llevará a desfogarse contra otros (especialmente sus propios hijos), prolongando la cadena de infelicidad y horror.

¿Quién dijo pues que era tan fácil pregonar sobre lo que una familia debe hacer? La verdad, tal vez por todas estas problemáticas que surgen al pensar en el papel de la familia es que sospecho de cualquier pregón al respecto. Es inevitable dudar y ponerse a pensar.

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